| A contra corriente, contra la opinión casi unánime de los opinadores, y recontra peor, contra la tendencia de las encuestas de opinión, espero no contrariar a nadie si confieso que tengo una opinión asaz favorable de los cinco años y medio de gobierno del presidente Fox.
Cierto, como buen mexicano criticón, me entretengo bastante con sus excesos verbales y con sus pifias.
Me gana la risa, por ejemplo, con esa manía de rancho de referirse a su esposa como 'la señora Marta'.
Me dio hipo cuando le dijo negros a los negros, cuando llamó José Luis a Borges y cuando se ufana de que no lee los periódicos.
Paso bilis con ese sostenido desbarajuste de su gabinete y con la costumbre de culpar a otros de sus propios yerros.
Sentí escalofríos cuando designó a su cristero favorito, el Reverendo Abascal, como responsable de la política interior.
Y se me retuerce el hígado por su terquedad de promover, contrario a sus promesas de campaña, un gobierno y un presupuesto centralistas, porque a lo mejor sacó al PRI de Los Pinos, pero lo dejó bien firme en la Secretaría de Hacienda.
Todo eso se presta de maravilla para la tertulia y, condimentadas con las pausas del Peje, las poses de Creel, los desplantes del Jefe Diego, las tenebras de Madrazo, las grillas del Tucom y el flagelo del narcotráfico, proyectan una imagen cotidiana de caos que, en mi humilde opinión, no tiene sustento en la terca realidad.
Ante la imposibilidad de hacer un juicio histórico en tiempo presente, hay que concederle a Fox, cuando menos, el privilegio de la duda, atendiendo a un par de razones.
Primero, su actitud política, que podría resumirse en una frase: Fox no ha metido a nadie a la cárcel. Quien diga que no tiene derecho a hacerlo, tiene una memoria muy flaca: De la Madrid metió al bote a Díaz Serrano, Salinas metió a La Quina, Zedillo metió al hermano de Salinas.
Hasta donde sé, Fox tiene un expediente limpio de arbitrariedades: no ha mandado matar, no ha mandado golpear, no ha reprimido a la prensa y no ha usado la violencia contra sus adversarios. Y si bien pareció tentado de descartar por esa vía al Jefe de Gobierno, hay que celebrar que rectificó a tiempo y que parece dispuesto a aceptar el próximo veredicto de las urnas, aunque no sean favorables a su causa,
En resumen, pese a su incontinencia verbal, Fox ha sido prudente en el ejercicio del poder político.
El otro mérito es de orden financiero. Cierto, no crecimos al siete por ciento (como nos prometió), ni se crearon un millón de empleos (como nos dijo), pero en esto de las cuentas hay que tener un marco de referencia, un parámetro para comparar, y México es con mucho la economía más sólida de toda América Latina, con inflación controlada, intereses razonables y un tipo de cambio estable.
Fox también ha sido, en lo económico, un dirigente sensato.
Desde luego, acepto sin discutir que Fox no fue el gran presidente que sus publicistas nos vendieron, ni tiene dotes de estadista consumado, pero hay que distinguir entre su locuacidad frente a los micrófonos y la mesura que muestra al tomar las decisiones que realmente afectan el rumbo del país.
Y si alguien piensa que estamos muy mal con Fox, espérense a que llegue López Obrador.
Me cae que hasta lo vamos a extrañar.
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