Presencias permanentes
Conozco a muchos cancunenses que aman a su ciudad, que sienten sus problemas como suyos: la degradación urbana, su incontrolable crecimiento, su falta de espacios públicos, su caótica, estresante vialidad, pero que también gozan sus éxitos: la ocupación hotelera, el prestigio de sus instalaciones turísticas y su buena imagen internacional.
Pero en la primera década de esta ciudad tuve la oportunidad de conocer a cancunenses como no he vuelto a ver. Cancunenses que llegaron de diversas latitudes pero que aquí volvieron a nacer, y cuya biografía, la que contaban, de la que se sentían orgullosos, comenzaba a partir de que llegaron a Cancún. Muchos de ellos ya fallecieron.
Tengo que mencionar al arqueólogo Raúl Pavón Abreu, primer cronista de Cancún, cronista ágrafo es cierto, pero que recopiló información oral y documental que en algún lugar de Campeche debe estar guardada. Don Raúl era un personaje imprescindible del Cancún de aquellos primeros años. Por las tardes era infaltable a la tertulia del café de Tulum 13 de Pepe Calderón, donde se reunían el propio Pepe, Felipe Amaro, Marco Antonio Torre, Luis Hoyos -el defensor del ausente- Antonio Cuevas, Jesús Ocejo, Luis Almela, Lilia Arellano, etc.
Don Raúl narraba sus aventuras en los sitios arqueológicos de la milenaria cultura maya con tal amenidad que transportaba a sus cautivados oyentes a las selvas de Chiapas, cruzando ríos, eludiendo nauyacas y caminando interminables veredas para, de pronto, contemplar inmensas ciudades prehispánicas cubiertas de árboles altísimos en los que brincaban cientos de monos en interminable jolgorio.
Pavón Abreu contaba cómo participó en la exploración de Bonampak, de Yaxchilán y de otras zonas arqueológicas, así como su interpretación de la cronología maya. Era un conversador ameno, grato, que hacía gala de su vasta colección de libros sobre la cultura e historia maya. Era uno de los más respetados conocedores del pasado indígena de nuestro país, particularmente de los mayas. Trabajó de cerca muchos años con el reputado arqueólogo norteamericano Silvanus Morley, quien dejó testimonio de su agradecimiento a Pavón por su colaboración en sus descubrimientos arqueológicos.
Para don Raúl la vida era una aventura interminable. Recuerdo que a su regreso de Houston, donde fue sometido a una operación de corazón, nos enseñaba con satisfacción el pecho donde se apreciaban las huellas de la cirugía.
"Ya tengo corazón nuevo, me siento revitalizado, con 30 años menos", decía. Y sí, con su alborotada melena y su alegría campechana a flor de piel, parecía un joven de 70 años.
-¿Cuándo escribe un libro sobre la historia de Cancún? -Le preguntábamos ingenuos.
Y él nos replicaba que su labor como cronista era recopilar la documentación relativa a los momentos fundacionales y al acontecer comunitario, pero que la historia de una ciudad se debía escribir cuando sus protagonistas estuviesen muertos, "para no herir susceptibilidades", decía. "El cronista sólo es un fedatario de los hechos", sostenía.
Cuando el gobernador de Campeche Eugenio Echeverría Castellot le pidió encabezar un proyecto de restauración de la zona arqueológica de Edzná, empleando a cientos de campesinos guatemaltecos asentados en esa región, don Raúl no lo pensó dos veces y se regresó a su estado a revivir sus andanzas arqueológicas. Echeverría Castellot fue gobernador de Campeche de 1979 a 1985, y él se fue desde el inicio de su gestión. A veces regresaba a Cancún a saludar a sus amigos y a buscar las huellas de aquellos años de la fundación de esta ciudad, que él llevó siempre en la mirada. Muchos secretos de esta ciudad se llevó don Raúl a la tumba.