Hace diez meses, el líder de los hoteleros, Jesús Almaguer, me calificó de pesimista de tiempo completo, porque me atreví a decir, en un programa de radio, que las pérdidas acumuladas a raíz del huracán Wilma llegarían, a fines del 2006, a 900 millones de dólares.
Hace diez días, para mi desconsuelo, Almaguer declaró a los periódicos que los ingresos perdidos por la economía de Cancún, de Wilma para acá, ya sumaban en agosto 900 millones de dólares (me quedé corto, pues).
Ninguna de esas cifras es precisa, porque no incluye los millones de dólares que el gobierno federal gastó tras la emergencia, ni los millones de dólares que pagaron los seguros y se gastaron en reparaciones, ni los millones de dólares que las empresas sacaron de sus bolsillos para iniciar la reconstrucción.
A nadie le importa, por lo demás, quién fue el ganador de este torneo aritmético entre Almaguer y Martí. Lo que realmente cuenta, el tema candente, el asunto a discutir, es que Cancún está atravesando, como secuela de Wilma, por una crisis económica, que ya se siente en el nivel de vida de sus habitantes.
No es necesario enlistar, porque están a la vista, los agujeros que el ciclón dejó en la estructura económica. Entre los hoteles que aún siguen cerrados, los que sólo han abierto parcialmente y los que fueron demolidos todavía estamos muy por abajo en inventario hotelero, que aquí es sinónimo de capacidad productiva. Y ese déficit, en automático, se traduce en menos visitantes y en menos ingresos (a nivel ciudad).
De carambola, los cuartos cerrados minan nuestra economía.
Las empresas grandes, casi sin excepción, se están quedando atrás en sus pronósticos de ventas. Es el caso del aeropuerto, de Telmex, de las cadenas de autoservicio, de las plazas comerciales y, muy sintomático, de los bancos, que en el negocio de las tarjetas de crédito, indicador infalible, han visto decrecer el consumo en casi 20 por ciento.
Y, cuando a los grandes les da gripe, a los pequeños les da pulmonía. Casi no hay empresa mediana o pequeña, llámese restaurante, escuela, abarrote, florería o changarro, que no esté sufriendo problemas de cartera y de flujo.
Para colmo, tenemos enfrente la época más reseca del año (la temporada baja), un gobierno federal que se va (esa chequera ya está cerrada), y un proceso político potencialmente explosivo (no sé si habrá Peje para rato, pero ese callejón se está quedando sin salida).
¿Qué hacer?
Lo único que se me ocurre sugerir es paciencia.
Vienen meses difíciles, tal vez los más difíciles, pero estoy convencido que son el último escollo.
Estamos tocando fondo, pero hay signos indudables de recuperación: las inversiones no se han interrumpido (sobre todo en el sector inmobiliario y hotelero), los proyectos a mediano plazo son ambiciosos (el aeropuerto de la Riviera, la zona continental de Isla Mujeres, Malecón Cancún), y la imagen de Cancún está recuperando su lozanía. Y tenemos un negocio renovado.
En un país incierto, con un panorama complicado, se puede decir que tenemos muchas y muy buenas municiones, pero hay que evitar que nos gane la desesperación, que nos derrote el cansancio en el último tramo, porque la crisis no la vamos a solucionar riñendo entre nosotros o criticando al gobierno.
Hace diez meses, el futuro se veía negro.
El presente está negro (o al menos bien gris).
Y sin embargo, cosa de paciencia, ya se ve la luz al final del túnel.